Relatos

La soledad del vacío

Después de que una luz cegadora atravesara sus párpados, se despertó repentinamente, sintiendo como si le faltara el aire. Abrió la boca de par en par, respirando tan fuerte como si ningún hálito de aire hubiera llegado a sus pulmones durante mucho tiempo. Al mismo tiempo, abrió los ojos descubriendo el más vacío e infinito espacio. Ante él se extendía un oscuro manto cubierto por millones de pequeños puntos luminosos. Estaba en el espacio. Asustado, alargó las manos y tocó la fría y transparente superficie cóncava del cristal de una ventana.

La soledad del vacío

Al otro lado flotaba un hombre en un harapiento mono azul. Era tan escuálido como si no hubiera comido en semanas, un débil vello surcaba su mandíbula, y un pelo frágil y lacio caía sobre su frente. Lo miraba con una pavorosa expresión a través de unos ojos hundidos y circundados por unas oscuras ojeras, casi tan negras como el vacío que lo rodeaba. Al mirar sus manos, comprendió estupefacto que aquel era su reflejo, pero no se reconocía.

Alarmado miró a su alrededor, la oscuridad del exterior parecía haberse adueñado de todo, solo una insistente y parpadeante luz roja iluminaba las paredes blancas en breves espacios de tiempo, como si de un perverso segundero se tratara. No recordaba nada, ni su cara, ni su nombre, ni aquel lugar. Con anhelo, miró todo cuanto le ofrecía aquella ventana que se había convertido en su mundo. No veía nada, solo el más absoluto e interminable vacío.

«¿Dónde está la Tierra?», fue cuanto pudo preguntarse. Angustiado, su pecho empezó a sacudirse. Sus pulmones buscaban tanto aire como fuera posible para seguir el ritmo irrefrenable de su corazón, que latía sin parar, acelerando su pulso. Instintivamente se agarró al marco circular de la ventana, con tanta fuerza que sus esqueléticos nudillos se tornaron tan blancos como las paredes que le rodeaban.

Intentando respirar hondo para serenarse, su enfermizo aliento empañó con una capa de vaho opaco el cristal de la ventana de la que no podía apartar su mirada. Al observarlo, un pequeño halo de esperanza se desprendió de aquella eventualidad, la suficiente como para que se calmara… Seguía vivo.

Sin embargo, aquella triste y efímera alegría se esfumó tan rápido como su aliento del cristal, cuando sintió que algo, o alguien, le tocaba su hombro derecho. Durante unos eternos segundos en los que no supo que hacer, y aun con el frío que sentía, unas gotas de sudor helado resbalaron por su sien, a la vez que su pulso se desbocaba de nuevo, fruto de la adrenalina que recorría su cuerpo de arriba abajo.

En un arrebato, más lleno de temor que de valentía, se dio la vuelta y su corazón se detuvo. Atónito, se obligó a ahogar un grito de pánico que se hubiera perdido en el vacío del espacio. Frente a él, por el aspecto de su traje, había un astronauta. Flotaba igual que él en el espacio sin gravedad, pero no lo estaba cogiendo por el hombro con sus enguantadas manos. Era imposible que lo hiciera. A través de la luneta del casco del inesperado visitante, pudo ver la cadavérica expresión de horror de un cráneo blanquecino que lo observaba con sus cuencas vacías y sin vida.

Aterrado, empujó con todas sus fuerzas y vio, a intervalos rojizos, como ese indeseado invitado se perdía en el oscuro pasillo, flotando lánguidamente en el vacío. Abatido, se encaró de nuevo con el espacio, comprendiéndolo todo, sin recordar absolutamente nada. Estaba solo, tan solo que, por no tener, no se tenía ni a sí mismo.

©Ilustración: SKoparov