Piensas que en San Francisco todo el mundo es cool estilísticamente, pero ene o. Compatriotas mallorquines y barceloneses, no tenéis porqué envidiar nada. No os preocupéis. Naturalmente hay mil y un freaks con tatuajes por la cara y chicas con el rostro pintado cómo si no hubiese mañana en la noche de un ritual psicodélico, pero ese estilo callejero ruin del MACBA no nos lo quita nadie (incongruente y supuestamente copiado de los yanquis). En nuestras calles hay más color.

Así pues, me dirigía a aplicarme el champú camomila y de repente el pote me empezó a hablar. Me quedé congelada, aunque el agua caía ardiente. No podía dar crédito a semejante acontecimiento. Ese envase de PVC me explicaba que pronto llegarían los seres circulares. Ahí ya no aguanté más y me derrumbé en el suelo. Después de unos minutos de catatonia, me giré y encontré un líquido rojizo que cubría unas bolitas viscosas, ellas también me comenzaron a hablar. Mencionaban algo sobre unas ondas omnipresentes, pero me harté de tanta chapa y me piré muy rápido de ahí.

Quería aprovechar el tiempo y me fui a Twin Peaks. Vaya caminata. Por cierto, en esta ciudad no camina nadie más de treinta y dos minutos seguidos ni de coña. Venga ahí, todo el mundo con sus coches contaminantes y pagando el Muni hasta reventar sus cuentas bancarias. Cuando llegué a la cima de Twin Peaks, las vistas de esta encantadora ciudad, con el océano de fondo, deslumbraron mis ojos y me puse a llorar pensando en temas existenciales que no tienen remedio. Esto es lo que pensaba que pensaba hasta que me di cuenta de que las malditas ondas de las que me hablaba el pote de champú estaban manipulando mi mente. Desde la cima y al lado de esas gigantescas antenas, mi visión láser se acentuó y pude captar todas las ondas que desprendían y dirigían hacia la ciudad. Los seres circulares tenían razón. Estamos jodidamente invadidos por sondas monoculares. No hay nada que hacer. Menos mal que había un grupo de chavales vascos y una chica no paraba de decir frases humorístico-prepotentes con muchos tacos por en medio y me sentí acompañada. De todas maneras yo de vosotros cogería todos los aparatos eléctricos que tenéis y los tiraría a una hoguera.

Bajé el monte y me paré en una psychic para que me aclarara todas las dudas. Me invitó a pasar a su antro con lucecitas y olor a moho, y me ofreció un cacho de pizza, que estaba claro que le había sobrado y por esto me lo daba, encima con aires de alarde y falsa modesta hospitalidad. Como estaba viendo que me estaba tomando el pelo a máxima potencia, cogí el trozo de pizza y huí corriendo rapidísimo.

Me fui a dormir y por la noche escuchaba un sonido aterrador. Susurros. Yo ya no sabía si eran las sondas, la gente rara extraterrestre del dinner, el champú o el mal estado de la pizza que me había comido y que estaba cobrando vida en mi interior, pero el sonido era una mezcla de ronquidos de cerdo degollado con menorquín hablado al revés. Decidí hacerme amiga de esa energía extraña y me dormí.

Soñé que cada vez que enchufaba mi adaptador a la corriente, las chispas azules me daban la luz y me iluminaban diciendo que todo es cuestión de tener esperanza.

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© Fotografías: Marta Grimalt