Para llegar a Los Angeles hay que pasar por debajo de un puente que cuando lo atraviesas se te secan los labios. Después de esto ya todo se estabiliza y el asombro abastece el alma. ¿Qué decir? Para gustos colores, pero esta ciudad es increíble. Sus calles son tan anchas y kilométricas que da una sensación apaciguada de relax. El ritmo es acelerado, pero puedes permitirte el lujo de ir a tu bola sin ningún problema. Para ir en bici la cosa está complicada, ya que no están nada acostumbrados a ello, y hay muchas colinas que hacen ciclar tus piernas pedaleando a más no poder. Muchos coches. Muchos. Todo el mundo tiene un coche. Los perros tienen coche. Todo es inmenso, como un océano reseco en el que los peces se quedan atrapados, pero, ¿dónde van sus espíritus?

Todo empezó en el Salton Sea, el lugar natural más creepy que he visto jamás (porque el no natural es el playplace del McDonald’s). Está petado de cadáveres de peces y huele a muerte máxima. El agua es del color de la cara de la criatura de Frankenstein y el viento genera una música cincuentera sacada de The Twilight Zone, entre los terrones de azúcar sobrantes de las fábricas refinadoras y piedras blancas. Al principio no te esperas todo esto, pero creedme que así es. Más cuando ves salir del “agua” a esas criaturas grisáceas. ¡Pero no! ¡Espera! No son criaturas… ¡son palmeras! ¡Tres palmeras! ¿Por qué? No lo sé, pero se dirigen hacia mí. ¿Qué puedo hacer? ¿Huyo? ¿Me escondo? ¿Dónde, si sólo hay espinas dorsales de peces? Súbitamente decidí que lo mejor es seguir el camino del corazón, y así lo hice. Me hice amiga de las tres palmeras. Cómo las veía un poco aleladas, les pregunté si es que era por echar de menos a alguien. Me dijeron que no. No les hice caso y las llevé al desierto de Joshua Tree para ver si allí encontraban a sus parientes. No hacían más que mirarme con cara de muermo y vómito, al ver que ahí no había ni una jodida palmera. Me equivoqué. A veces pasa.

Y es que lo exótico no sólo es la apariencia, sino el interior. Puedes tener una manzana preciosa en tu mano, morderla, y darte cuenta de que no está podrida, y piensas, qué mainstream, y la tiras a la papelera.

En fin, que no anduve con rodeos,¡cogí a las tres palmeras y me las llevé a Palm Springs! ¡Ohhhh! ¡Ahí sí que fueron felices, madre mía! Yo seguí mi camino y me fui al jacuzzi nocturno y me empezaron a hablar dos post teenagers que estaban de spring break, con sus bikinis ceñidos de tres tallas menos y me hablaban con un acento muy raro, entre que iban borrachas y una era de Long Beach y la otra que quiere ser periodista e hizo una disertación en su proyecto final de español sobre Piqué y su cuerpo… Pues me dijeron que en la vida hay que ser feliz, y así asentí después de escuchar durante setenta y ocho minutos como la futura presentadora del tiempo de Mustard TV intentaba pronunciar la palabra panadería.

Daniel Clowes y mi ser a su lado en la firma "Patience"Daniel Clowes y mi ser a su lado en la firma "Patience"

Alex Cox presentando "Repo man" y una nevera llena de drogaAlex Cox presentando "Repo man" y una nevera llena de droga

Pobre pesesitoPobre pesesito

Palm springs problem u madPalm springs problem u mad

Downtown LA y las barbies springbrekeandoDowntown LA y las barbies springbrekeando

Un perro que se dirige a su vehículo en la Salvation MountainUn perro que se dirige a su vehículo en la Salvation Mountain

© Fotografías: Marta Grimalt