Relatos

Bajo su piel

Ángel avanzó sonámbulo por el pasillo estrecho hasta llegar al recibidor. Allí se detuvo, se puso la cazadora, abrió la puerta y salió al rellano.

Bajo su piel

Cuatro tramos de escalera separaban su sueño de la vigilia de la calle.

Yo le seguí desde la cocina, pero antes, tuve la precaución de llevarme un cuchillo, por lo que pudiera pasar. Al llegar al recibidor hice lo mismo que él, me puse la chaqueta sobre el camisón, escondí el cuchillo y salí en su busca, siguiéndole en silencio.

Le vigilaba. Si me mantenía a su lado nada malo podría ocurrirle. Yo le amaba. Me sentía bajo su piel. Todo mi ser fluía por su sangre.

Ángel deambulaba sin rumbo aparente. Y de pronto, en un callejón, apareció la figura de una anciana desgreñada y sucia, que le hizo señas para que le siguiera.
La arpía le guió hasta un pequeño portal rodeado de basura pestilente. Él se giró y miró con ojos ausentes hacia la avenida que crepitaba al otro lado del callejón. Pero Ángel estaba sonámbulo y no podía reaccionar ni volver sobre sus pasos. Aún no había enderezado la mirada, cuando la vieja le estiró del brazo, arrastrándole hacia su guarida, un sótano húmedo y oscuro.

En ese agujero, había basura por todas partes. Bolsas de plástico apiladas cubrían los muebles y en las esquinas se escondían oscuras masas palpitantes como vísceras. Nidos de cucarachas, tal vez gusanos degustando el banquete de algún perro muerto. La luz apenas entraba en el zulo ¡Vete tú a saber qué vida nacía de la muerte en esos rincones funestos!

En ese lugar, en vez de puertas, colgaban mantas como cortinas por las que la vieja entraba y salía, entraba y salía, perdiéndose entre las sombras. Sólo podías seguirla en el laberinto guiándote por su voz.

Con mis zapatillas de andar por casa no podía correr rápido. Tenía que ir apartando las telarañas que se enganchaban en mi cara mientras les seguía intentando no perder la pista. A medida que avanzaba, el espacio se hacía más pequeño, más oscuro, el aire estaba más viciado. El olor nauseabundo me provocaba arcadas que intentaba detener tapándome la boca con la mano. Aquel lugar ya no era un edificio normal, era una cueva, un pozo, una cloaca. Y la anciana pestilente emitió el chillido agudo de una rata, abrió la boca y mostró sus dientes afilados como espadas mientras gritaba. Había arrastrado a Ángel hasta su guarida de rata gigante. La maldita bruja giraba sobre su cola metálica y acorralaba a Ángel contra la esquina para atacarle. La rata ladrona de tesoros, devoradora de almas. La arpía que arrastraba hasta sus dominios a su víctima para someterla. La hechicera convertida en rata, que arrancaba de mi seno a mi amado, extirpando un trozo de mi propio ser.

No podía permitirlo. Saqué el cuchillo de cocina que llevaba escondido bajo la chaqueta y le apunté al cuello. La rata me miró con sus ojos negros como la noche. Chilló con todas sus fuerzas y las paredes del túnel retumbaron. Ángel contra la pared en medio de una extraña pesadilla. Los dientes afilados, el resplandor del acero y el cuchillo atravesando el cuello de ese maldito bicho.

La sangre manaba a ríos pero seguía chillando. La muy puta tenía media cabeza colgando pero no se callaba. La agarré por la coronilla y me invadió una sensación de poder como nunca había sentido. Una energía inusitada que me otorgó la fuerza y la pericia de un carnicero. El cuchillo atravesó el cuello hasta que la cabeza se separó del cuerpo, que cayó al suelo rebotando como un saco de patatas. Entonces, con triunfo de guerrero Apache y porte de verdugo, sostuve en el aire la cabeza derrotada y la agité ante Ángel para que se tranquilizara, para que se sintiera a salvo.

-Hijo, mira. He acabado con ella, ya no puede hacerte daño. ¿Ves cuanto te quiero?

El sonámbulo Ángel abrió los ojos y se encontró acorralado en su sótano, su guarida de soltero, en medio de un charco de sangre. Ante él, una de las mujeres que más amaba, su madre, agitaba la cabeza decapitada de la otra mujer que más amaba, su novia.

-Daría mi vida por ti. Ahora sabes cuánto te amo.

El joven se derrumbó en la esquina formando el tercer vértice de un triángulo perfecto. El cuerpo destrozado de su amada a un lado, la figura enajenada de su madre sosteniendo la cabeza decapitada, en el otro. Y los tres unidos por la intersección de sus vidas, sobre un inmenso charco de sangre.

– Mamá, ¡Oh, no! mamá. No quiero tu amor.
-No digas tonterías y dame un beso de buenas noches, hijo.

Entonces, Ángel se tapó los ojos deseando morirse en un sueño que lo sacara de ahí en ese mismo instante. Su mente cruzó la frontera y condenó a su alma a vivir en una pesadilla eterna.

© Ilustración: Karen Klink