Tickle swarm

Tickle swarm

escrito por Underbrain Staff
(Relatos, 18/Feb/15)


Leer versión traducida (española)
Read original version (english)

TICKLE SWARM por Rick Claypool
(extracto de la novela en proceso Leech Girl Versus the Tardigrade Apocalypse)

(traducción de @LaOtraLeverne)
Ilustración: Bouman


A la luz de la lámpara de su habitación, la inspectora Margo Chicago se sentó en su cama, tarareando una melodía que improvisaba mientras tejía de su ovillo de lana gris que Cyril, su ayudante cíborg, sostenía.
El cíborg estaba sentado en la silla al lado de la cama y le pasaba a Margo hilo con sus dedos recubiertos de goma, con sus manos paralelas y la lana estirada.

Poco a poco la lana fue tomando la forma de una cruz del tamaño del antebrazo de Margo. Una vez doblado, cosido y relleno de algodón formaría un cubo de peluche. Descansó su labor en la palma de su mano y se preguntó si alguien más pensaría que el resultado sería tan gracioso como ella había imaginado.

Llamaron a la puerta. Margo lo ignoró. Era el día en que los primeros cíborgs empezaban a llegar para remplazar a los modelos antiguos. Ramona, la compañera de piso de Margo estaba esperando la actualización. Margo, que no había rellenado los documentos necesarios, no esperaba.

Margo dejaría que su animada compañera de piso atendiese la puerta. A través de la puerta cerrada de su cuarto podía escuchar a Ramona salir a toda prisa del baño a la cocina, a su habitación y de nuevo al baño. Ramona se estaba preparando para ir a un partido de “field pretend” entre el Distrito Literario y el Distrito Músico. La rivalidad era famosamente acérrima; la idea de la rivalidad era suficiente para que Ramona superase su indiferencia por este deporte.

Margo se quedaría en casa. Últimamente prefería no pasar su tiempo libre con su compañera de piso. La persistencia de Ramona había aumentado en lo que a recordarle a Margo la disponibilidad de nuevos cíborg se refiere. Presentar una solicitud para reemplazar a Cyril era “casi demasiado fácil”, decía después de señalar que a Cyril le cuesta cada día más subir escaleras y caminar.

Margo hacía como que no lo notaba. Sus sentimientos de apego con Cyril se habían intensificado. Lo que había empezado como una sutil resistencia a actualizar a su cíborg se había transformado en una total hostilidad. Tener un cíborg nuevo parecía, no solo poco conveniente, si no una traición imperdonable.

En respuesta a Ramona metiéndole prisa a Margo para reemplazar a Cyril, Margo había empezado a lanzarle indirectas a Ramona sobre el derroche de reemplazar a los cíborgs, la productividad perdida por el tiempo empleado en aprender a usar los programas supuestamente mejorados, y los inevitables fallos de los modelos nuevos, que necesitarían reparación.

Ramona contestó que la manera en la que el pie y el tobillo del Cíborg de Margo se habían hinchado y empezaban a supurar era asquerosa. Según lo veía Ramona, forzar a Cyril a continuar era más cruel que poner fin a su miseria.

La discusión hizo que Margo y Ramona estuviesen tensas. Era una conversación que ninguna de las dos querría tener, pero ninguna parecía dispuesta a reprimir el hablar de ello. La puerta de la habitación de Margo estaba ahora cerrada, en gran parte por la tensión entre ellas.

El timbre en la puerta principal volvió a sonar. Finalmente Ramona respondió. A través de la puerta de su cuarto Margo pudo oír a Ramona hablando con un hombre. Su voz resultaba familiar.
Margo reconoció la voz. Su respiración se cortó. Su pecho se encogió.

¿Cómo se atrevía Él a venir a su apartamento?

Entonces unos golpes que llamaron a la puerta de la habitación de Margo. Y la voz familiar se oyó de nuevo: «Eh, ¿Margo? Ha pasado bastante tiempo. ¿Podemos hablar?».

Cómo se atrevía Él a picar en su puerta. Como se atrevía Él a decir que si podían “hablar”.

***

El hombre era Thorsten Achebe. Margo y Throsten se conocían desde que eran niños.
Una vez cuando Margo tenía 8 años y Thorsten 7 se estaban preparando para jugar “Table Pretend junior” con otros niños. Él se tiró un pedo tan alto que casi resultaba increíble. Los otros niños lo encontraron graciosísimo. Después de esto, le hacían burla todos los días hasta que Thorsten lloraba, y entonces le atormentaban por llorar, durante lo que parecieron años. Thorsten lloró mucho.

Margo no reaccionó igual al pedo. Pensaba que el pedo había sido asqueroso, pero no lo decía en alto. Ella siguió jugando como si nada hubiese pasado.

Desde aquel día Thorsten haría casi cualquier cosa por Margo. Cuando ella quería saber si algún niño estaba por ella, hacía que Thorsten lo averiguase. Cuando ella quería tomar algo pero no quería levantarse a servirse ella misma, le pedía a Thorsten que se lo trajera. Cuando ella quería oír cosas agradables sobre sus proyectos creativos, le pedía feedback positivo, y él se lo daba. Su comportamiento seudo-servil eran tan obvio para los otros niños que le apodaron “el cíborg de Margo”.

Todo eso era el pasado. Ahora Margo le odiaba. Le culpaba por la desaparición de Jasper. Ella creía que era Thorsthen, y no Jasper, quien había sido temerario. Pensaba que debía haber sido él, y no Jasper, quien debería haber desaparecido.

Una noche hacía dos años en las calles de Bublinaplex, Margo y Jasper habían estado de celebración. Las estrellas artificiales brillaban dentro de la cúpula. Cada uno se había bebido probablemente una botella de vino entera. Iban a salir de una pequeña galería en el distrito de Escultura, no muy lejos de Museo del Genio. Iban a comer algo. Sus cíborgs ayudantes les seguían a escasos pasos.

Jasper acababa de terminar sus exámenes de medicina. En menos de una semana sería, oficialmente, un médico graduado. Se convertiría en el cirujano más joven del departamento de Seguridad Corporal.

Entrelazados por los hombros, Margo y Jasper paseaban por las despejadas calles del distrito de Escultura hacía las estructuras utilitarias del distrito Culinario. Discutían de broma sobre a qué restaurante ir. Jasper quería pasta. A Margo le apetecía solomillo.

De repente los cíborgs se pararon. A un tiempo comenzaron a emitir un sonido estridente, como un ladrido de alarma. Una alarma de peligro. Como el resto de la gente en la calle Margo y Jasper se giraron a mirar las caras de sus cíborgs, las pantallas parpadeaban con luces amarillas y rojas; hasta que una mujer apareció en ellas. Llevaba uniforme azul de agente de la “Seguridad Comunitaria”.

La agente dijo a través de las pantallas de los cíborgs que un niño de 5 años había desaparecido. Se había descubierto una grieta en la cúpula del Bublinaplex, cerca de donde el chico había sido visto por última vez. La grieta estaba cerca de la confluencia del distrito de Escultura y el Culinario. Se aconsejaba a los ciudadanos de Bublinaplex que evitasen esa zona, y que prestasen atención a niños y ancianos. Se recomendaba a cualquiera que estuviese en esos distritos permanecer a cubierto hasta que la grieta fuese cerrada y cualquier amenaza aplacada. La agente también dijo que no se sabía si el chico merodeaba la fisura o si algo de afuera se había colado y sacado al chico a la fuerza . Control de plagas, aseguraba la agente, había destinado agentes.

«Malditos lobopods», dijo Jasper. Cada vez que había riesgo de un ataque de fuera de la cúpula Jasper siempre se imaginaba lo peor.
Un lobopod colándose por una grieta, recubriendo a un niño con moco, y arrastrándole hacia la grieta para ser devorado a pequeños mordiscos no era una idea descabellada. Como parte de su preparación médica, Jasper había visto lo que un lobopod podía hacerle a una persona. Eran la clase de heridas que uno espera no volver a ver nunca más, aunque sabe que lo hará.
«No sabes si ha sido un lobopod», dijo Margo. «Puede que el niño solo se haya perdido».
Jasper se adelantó a Margo y cambió de dirección. Su cíborg le siguió. Margo tuvo que correr para alcanzarle. «¿Qué estás haciendo?» preguntó.

«Me han entrenado para curar los mordiscos de lobopod», dijo. «Tengo una responsabilidad».

Margo no replicó.

Llegaron al espacio entre edificios donde la cúpula se erguía. Era un espacio vacío, llano y con suelo de césped artificial. En la grieta se sorprendieron de ver a su viejo amigo Thorsten haciendo guardia, con el uniforme rojo de Control de Plagas. A su lado una bruma salada y un punzante olor a podrido se colaba por la irregular grieta de la cúpula, que alcanzaba la altura de la cintura.
Unos pasos más allá, al otro lado de la entrada a la cúpula, había un cíborg, el ayudante de Thorsten.

Margo ya no veía a Thorsten tanto como antes de empezar a quedar con Jasper. Cuando más se acercaba a Jasper, menos tiempo tenía para Thorsten. Cuanto más veía a Jasper más se deprimía Thorsten. Thorsten terminó por dejar de visitar a Margo. Cuando ella hacía el esfuerzo de invitarle a hacer algo juntos, él rechazaba amablemente la invitación.

La reunión al pie de la cúpula era incómoda. «Hey, hola», dijo Thorsten, levantando la mirada de su cuaderno de dibujos. Estaba garabateando mientras se suponía que vigilaba la grieta.

A Margo no le sorprendió que no prestara demasiada atención, pero a Jasper le indignaba. «¿Qué estás haciendo? ¿Dónde está tu arma?» preguntó. «¿Han encontrado al chico?».

«El arma esta aquí mismo» farfulló, levantando el bastón de bajo voltaje que colgaba de su cadera –el arma que los agentes de Control de Plagas utilizaban para golpear a cualquier cosa que intentase colarse en la cúpula– dijo sin mirar a Jasper a los ojos. «El chico todavía está ahí fuera».

«¿Hay una partida de búsqueda fuera?»
«No».
«¿Están de camino?»
«No estoy seguro».

Margo se mordió el labio. Sabía que a Thorsten le importaba salvar al chico, si efectivamente necesitaba ser rescatado. Ella sabía que Thorsten no dejaría de pensar en cómo se sentiría el niño perdido, estando sólo, quizás siendo devorado vivo o inmovilizado en moco. Pero estaba haciendo su trabajo. Haciendo guardia al pie al de la grieta, asegurándose de que nada entrase ni saliese, ese era su trabajo. Podía dibujar mientras lo hacía. Cualquiera podría. El único problema era que Thorsten no hacía ningún esfuerzo por mostrar que se preocupaba por el chico mientras hablaba con Jasper. Y esto, como Margo sabía, hacía enfurecer a Jasper.

«No me lo puedo creer» saltó Jasper. Miró a Margo. «Espera aquí», dijo, y salió disparado. Su cíborg le siguió de cerca.

Margo y Thorsten se quedaron allí quietos, de pie, durante unos minutos. Thorsten volvió a centrar su atención en su cuaderno. «¿Qué estás dibujando?» le preguntó Margo. Se lo enseñó. Era un dibujo de un tipo que parecía un superhéroe, supuso Margo, aunque tenía una pinta rara, porque su cara era asimétrica y sus músculos hinchados no eran anatómicamente correctos. El superhéroe llevaba una capa y estaba pegándole un puñetazo a una cosa que podría haber sido un dragón o algún tipo de molusco mutante monstruoso. «Está guay», dijo Margo, sin sonar muy convincente. Se le había olvidado lo Malo que era Thorsten dibujando.

Al poco, Margo le preguntó a Cyril, «¿dónde está Jasper?». Un mapa de sus alrededores apareció en la pantalla del cíborg, y un punto negro parpadeante indicaba que Jasper estaba a un par de manzanas, dentro de una pequeña galería de escultura por la que habían pasado.

Después de unos minutos en silencio, Margo notó que algo se movía en el suelo al otro lado de la grieta. Le dio un toque a Thorsten en el hombro para llamar su atención. Entonces él también lo vio. Era una cría de tardígrado, del tamaño de una barra de pan, que empujaba su cabeza a través de la grieta. Thorsten se arrodilló y la golpeó con su bastón eléctrico. El pequeño tardígrado chilló y se retiró.

«Pobrecillo», dijo Margo.

«Nada entra, nada sale», dijo Thorsten. Le dirigió a Margo una mirada vacía, y volvió a su dibujo.

Después de casi una hora Jasper volvió con una cuadrilla de cinco tipos con caras serias. Los cíborgs le seguían. Todos llevaban armas grandes y relucientes, también cuchillos, espadas y hachas con los filos dentados y pinchos.

Margo reconoció a Smitty Van Gogh de pie al lado de Jasper, Smitty era conocido por fabricar armas ilegales, y era el conservador de la galería donde Jasper había desaparecido. Era imposible descifrar la expresión de Smitty a través de su tupida barba rubia. Margo supuso que estaría disfrutando la oportunidad de sacar de paseo las armas que había fabricado e incluso usarlas contra un lobopod, o cualquier otra cosa, allí fuera, en el vertedero de Hongos.

Jasper agarró la empuñadura de la cimitarra que llevaba a la cadera. «¿Ha llegado alguien para buscar al niño?»
Thorsten levantó la vista de su cuaderno. «Todavía no», dijo.

«Entonces apártate», dijo Jasper. Miró a Margo. Ella pensó que estaba buscando aprobación en su mirada. Pero solo encontró su ceño fruncido. Dirigió sus ojos a las armas. Margo era inspectora de seguridad. No le gustaba esto.

«No puedo permitir que vayáis ahí fuera», dijo Thorsten, y sonó más a confesión que a autoridad de guardia. Se movió hacia un lado, para bloquear la apertura de la grieta.

«Déjanos pasar», bramó Smitty detrás de Jasper «o tus manos estarán manchadas de la sangre del chico».
«Eso no va así», contestó Thorsten.«Ni siquiera sabes si el niño está ahí fuera».
«¡Sabemos que nadie le está buscando!» dijo Jasper. «Y tú, un agente de Control de Plagas, sabes mejor que nadie qué clase de cosas se pueden encontrar ahí fuera. Sabes que cada minuto que esperemos las posibilidades de que sobreviva el niño se desploman. Y aquí estoy yo, un médico, dispuesto a encontrarle y prestarle los cuidados que necesite. Y aquí estamos», dijo mientras hacía un gesto a los demás con su filo en la mano, «seis ciudadanos buenos y fuertes dispuestos a salir ahí fuera y asegurarnos que el chico está bien. Nosotros corremos el riesgo». Jasper dio un paso al frente. Su cara estaba tan cerca de la de Thorsten que resultaba incómodo. «¡¿Qué arriesgas tú?! Preguntó, dando un golpe con el dedo en el pecho de Thorsten mientras decía «tú». «No te estamos pidiendo que salgas de búsqueda con nosotros. Todo lo que pedimos es que te eches a un lado. ¿Es eso mucho pedir? Déjanos salvar al niño antes de que sea demasiado tarde». Jasper empujó a Thorsten, quien perdió el equilibro y cayó al suelo. Este gesto de violencia, aún siendo leve, asustó a Margo.

La violencia asustó también a Thorsten. Gesticuló como si fuese a llorar. Margo sabía que no era la primera vez que le tiraban al suelo. Una vez más lo que Thorsten hizo no le sorprendió, pero si le decepcionó. «De acuerdo», dijo levantándose y haciéndose a un lado de la grieta. Sacudió la tierra de sus pantalones. «Salid. Todos». El trabajo de Thorsten era el de no dejarles salir de la cúpula, pensó Margo. ¿Acaso no podía hacer ni ese simple trabajo?

Margo dio un paso al frente. «No salgáis ahí fuera», le dijo a Jasper. «Sabéis que está cuidando la grieta por una razón. ¿Tenéis idea de los peligroso que es allí fuera?»

Jasper acarició el pelo y la mejilla de Margo. Su gesto quería ser tranquilizador pero resultaba condescendiente. «No te preocupes, Marg. Estaremos bien», dijo. «No iremos lejos».

Uno a uno, Jasper, su cuadrilla armada y sus cíborgs ayudantes se agacharon y pasaron a través del la grieta en la cúpula. Esporas y porquería del vertedero de hongos cubrían el exterior de la cúpula, haciendo que la superficie teóricamente transparente resultase opaca. Desde dentro la partida de búsqueda era imposible de ver.
Margo y Thorsten esperaron juntos a que la partida de búsqueda volviese. Thorsten miraba al suelo. Margo usaba a Cyril para intentar obtener información actualizada del niño perdido. No encontró nada nuevo ni útil. No hablaban.

Después de lo que parecieron horas Jasper volvió. Estaba cubierto de sangre y respiraba fuertemente, entrecortado y hablaba demasiado rápido para entenderle. Estaba solo.
Estaba apunto de volver a colarse por la grieta dentro de la cúpula cuando el cíborg ayudante de Thosten dio un paso adelante. Le bloqueaba el paso y oponía una fuerza sorprendente. Jasper gritaba. Intentaba zafarse del cíborg con sus manos y sus rodillas, pero sin éxito. No le permitía volver a entrar a la cúpula.
Thorsten frunció el ceño mientras Jasper gritaba.
«¡Joder Thorsten déjale entrar!», pidió Margo. «¡Déjale entrar ya!». La expresión de Thorsten no cambió. Las palabras de Jasper se habían convertido en sollozos. Solo trozos de frases sobre lo que había pasado podían entenderse. Algo sobre que no había huella del chico. Algo sobre un enjambre de cosquillas.
Jasper luchó con el cíborg de Thorsten hasta que no pudo más. Thorsten no dijo nada, no intervino. El trabajo de su cíborg era el de detener cualquier cosa de fuera que quisiese entran en la cúpula, y sabía que no necesitaba ayuda. Margo suplicaba a Thorsten que dejase entrar a Jasper. Era la primera vez que él se negaba a hacer lo que ella le pedía.
Finalmente, llegaron tres agentes más de la oficina de Control de Plagas, todos con trajes y caretas protectoras, con una burbuja de cuarentena. Una esfera de cristal sobre ruedas que estaba llena de pesticidas y químicos para matar cualquier parásito del enjambre de cosquillas que Jasper pudiese transmitir sin saberlo. Le introdujeron en la esfera justo después de dejarle entrar por la grieta.

Según el testimonio oficial de Jasper, del que supieron más tarde, todo había empezado cuando uno de los miembros de la partida de búsqueda comenzó a carcajear después de contar él mismo un chiste de mal gusto. Tyler Kahlo era su nombre. Margo se acordaba de su ancha cara y su nariz diminuta. Nadie más se había reído. Minutos después había comenzado con una risilla, primero bajito, y después con mas fervor, para luego terminar riéndose histéricamente. Secándose lagrimas de los ojos.
Cayó al suelo. Se agarraba la barriga. Se enjuagaba sangre de los ojos. Los otros se alejaron, pero para cuando se dieron cuenta estaban rodeados de un enjambre de cosquillas, era demasiado tarde. Miles de parásitos sedientos de sangre, no más grandes que el punto al final de esta frase, ya había trepado a sus axilas, rodillas, los dedos de sus pies, y cualquier sitio en el que pudiesen hacer reír, liberando la serotonina que ansiaban en los torrentes sanguíneos de sus víctimas

La única explicación posible de la huida de Jasper era la buena suerte.

Una vez descubiertos, los cuerpos deshidratados de los otros fueron sumergidos en cloro para destruir los huevos microscópicos que habían sido puestos en sus bocas, pulmones e intestinos.
Por no acatar los tímidos intentos de Thorsten de prohibir a la cuadrilla abandonar la cúpula, Jasper fue culpado de imprudencia temeraria.
A Thorsten le cayó una reprimenda por permitir a Jasper, Smitty y los otros salir del recinto.
Semanas después de la búsqueda fallida, el cuerpo del niño desaparecido fue encontrado en una galería de cerámicas, en el fondo de un jarrón inusualmente grande.

***

«Por favor, Margo, sal y hablamos», dijo Thorsten de nuevo al otro lado de la puerta de la habitación de Margo.

Margo no dijo nada. Sabía que Thorsten no esperaría todo el día.

Llamó a Margo a través de la puerta unas cuantas veces más. Entonces, Margo escuchó a Ramona decir que quizá estaba dormida, que había trabajado mucho últimamente.
Margo estaba agradecida a su compañera de piso, y sentía no haber sido menos hostil cuando habían discutido sobre si reemplazar a su cíborg.


TICKLE SWARM
(excerpt from novel in progress, Leech Girl Versus the Tardigrade Apocalypse)
By Rick Claypool
Illustration: Bouman


In the lamplight of her bedroom, Inspector Margo Chicago sat on her bed, humming a tune she made up as she went along while crocheting from a ball of gray yarn held by Cyril, her cyborg helper.

The cyborg was seated in the chair beside the bed and feeding thread between its rubber-coated fingers toward Margo’s stitching and looping hands.

Gradually, the yarn took the shape of a cross the size of Margo’s forearm. Once folded and stitched together and stuffed with cotton, it would become a plush cube. She rested her handiwork in the palm of her hand and wondering whether anyone else would think her end product would be as funny as she thought it would be.

There was a knock at the front door. Margo ignored it. It was the first day that new cyborg helpers were to start arriving to replace the old models. Ramona, Margo’s room mate, would be expecting an upgrade. Margo, not having filled out the necessary documents, did not.

Margo would let her bustling roommate get the door. Through her closed bedroom door, she could hear Ramona rushing from the bathroom to the kitchen to her bedroom and then back to the bathroom again. Ramona was getting ready to go to a Field Pretend match between the Literary District and the Musical District. The rivalry was famously bitter; the idea of a bitter rivalry was enough to overcome Ramona’s claimed indifference to the sport.

Margo would stay home. Lately, she was inclined to avoid spending her spare time with her roommate. Ramona had become increasingly persistent in her reminders to Margo about the availability of new cyborgs. Putting in a request for a replacement for Cyril was, “almost too easy,” she would say after pointing out that Cyril’s struggles with stairs and walking any distance worsened daily.

Margo pretended not to notice. Her feelings of attachment to Cyril had intensified. What had started as a slight reluctance to getting an upgraded cyborg had transformed into outright hostility to the idea. Getting a new cyborg seemed, not only inconvenient, but an unforgivable betrayal.

In response to Ramona urging Margo to replace Cyril, Margo started flinging pointed comments back at Ramona about the wastefulness of recycling cyborgs, the lost productivity from time spent learning to use the supposedly improved programs, and the inevitable glitches in the new models that would need repairing.

Ramona replied that she thought the way Margo’s cyborg’s foot and ankle had swollen and started seeping was disgusting. The way Ramona saw it, forcing Cyril to go on was crueler than putting the cyborg out of its misery.

The disagreement made Margo and Ramona tense around each other. It was a conversation neither seemed to want to have, but neither seemed to be able to stop herself from bringing it up. Margo’s bedroom door was now closed in no small part because of this tension.

The knock at the front door came again. Ramona finally answered. Through her bedroom door, Margo could hear Ramona speaking with a man. His voice was familiar.

Margo placed the voice. Her breath stopped. Her chest tightened.

How dare he come to her apartment.

Then came a knock at the door to Margo’s bedroom. And the familiar voice again: “Um, Margo? I know it’s been a while. Can we talk?”

How dare he knock on her bedroom door. How dare he ask to “talk.”

The man was Thorsten Achebe. Margo and Thorsten had known each other since they were kids.

Once when Margo was 8 and Thorsten was 7 they were getting ready to play Table Pretend Junior with a bunch of other kids, he farted so loudly it was almost unbelievable. The other kids thought it was hilarious. Afterward they teased Thorsten about it every day until he cried, then tormented him for crying for what seemed like years. He cried a lot.

Margo didn’t react to the fart. In her head she thought Gross but she didn’t say anything out loud. She kept on playing with him like nothing had happened.

Since that day Thorsten would do just about anything for Margo. When she wanted to find out if a boy that she liked also liked her, she would get Thorsten to find out. When she wanted something to drink but didn’t want to stand up to go get it herself, she would ask Thorsten to get it for her. When she wanted to hear someone say nice things about her creative projects, she would tell him she wanted positive feedback, and he would give it. His loyal subservience was so obvious the other kids nicknamed him “Margo’s cyborg.”

That was the past. Margo hated him now. She blamed Thorsten for Jasper’s banishment. She believed Thorsten, not Jasper, was the one who had been reckless. She believed he, not Jasper, should have been banished.

*

One night two years earlier in the streets of the Bublinaplex, Margo and Jasper were celebrating. The artificial stars shined brightly on the inside of the dome. They each probably had drunk a whole bottle of wine. They were leaving a small gallery in the Sculpture District, not far from the Museum of Genius. They were going to get something to eat. Their cyborg helpers followed several paces behind.

Jasper had just finished his medical exams. In less than a week, he would, officially, be a licensed physician. He would become the youngest surgeon in the Bodily Safety Department.

With their arms draped across one another’s shoulders, Margo and Jasper ambled through the cluttered streets between the gaudy facades of the buildings in the Sculpture District toward the more utilitarian structures of the Culinary District. Playfully they argued over which restaurant they would go to. Jasper wanted noodles. Margo wanted steak.

Suddenly the cyborgs stopped. Together they started blaring out a shrill, barking alarm. A Danger Alert. Like everyone else out on the streets, Margo and Jasper stopped and turned to watch their cyborgs’ screen-faces, which flashed yellow and red until an unsmiling woman appeared. She wore the blue uniform of a Community Safety officer.

The Community Safety officer on the cyborgs’ screen-faces said a 5-year-old boy had gone missing. A breach in the Bublinaplex dome had been discovered near where the child was last seen. The breach was near where the Sculpture District and the Culinary District met. Citizens of the Bublinaplex were advised to avoid the area and to keep a close eye on children and the elderly. Anyone in either district was advised to remain indoors until the breach was closed and any threat isolated. The officer also said it was unknown whether the boy merely had wandered through the gap in the dome or if something from outside had found its way inside the dome and dragged the child out. The Pest Control Department, the officer assured viewers, had been deployed.

“Damn lobopods,” cursed Jasper. Any time there was some risk of someone being attacked by something from outside the dome, Jasper immediately expected the worst.

But a lobopod crawling through a breach and encasing a little boy or girl in slime and then dragging the child back through the breach to be devoured one small bite at a time was not unheard of. As part of his medical training, Jasper had seen what a lobopod could do to a person. They were the kind of wounds he hoped he’d never see again, but knew he would.

“You don’t know it was a lobopod,” said Margo. “You don’t know the kid isn’t just lost.”

Jasper walked quickly ahead of Margo and changed direction. His cyborg trailed behind. Margo jogged to catch up. “What are you doing?” she said.

“I’ve been trained to take care of a lobopod bite,” he said. “I have a responsibility.”

Margo didn’t argue.

They reached the space between buildings and where the dome rose up from the ground. It was a flat, empty space carpeted with artificial turf. At the breach, they were surprised to find their old friend Thorsten wearing the red uniform of a Pest Control officer, standing guard. Beside him, salty mist and the wet stench of acrid rot seeped through the jagged, waist-high breach in the dome. Just a few feet away, on the opposite side of the opening in the dome, stood a cyborg, Thorsten’s helper.

Margo no longer saw Thorsten ash much as she did before she started seeing Jasper. The more Jasper came around, the less time Margo had for Thorsten. The more Jasper came around, the more depressed Thorsten became. Thorsten eventually stopped visiting Margo. When she went out of her way to invite him to do things, he would politely decline.

The reunion at the edge of the dome was awkward. “Oh, hi,” said Thorsten, looking up from his sketch pad. He was doodling as he was supposed to be guarding the breach.

Margo wasn’t surprised by his divided attention, but Jasper was outraged. “What are you doing? Where’s your weapon?” demanded Jasper. “Have they found the boy?”

“Weapon’s right here,” Thorsten mumbled, raising the low-voltage electric prod — what Pest Control officers used to zap anything that might try to enter the dome — that hung from his hip. He didn’t meet Jasper’s eyes. “Boy’s still lost.”

“Is there a search party out there?”

“No.”

“Is one on the way?”

“Not sure.”

Margo bit her lip. She knew Thorsten cared about saving the boy, if he did in fact need to be saved. She knew he would keep thinking about what it must feel like to be a lost little boy, maybe being eaten alive while immobilized in slime. But he was just doing his job. Standing guard by the breach, making sure nothing came out and no one went in, was his job. He could doodle while doing that. Anyone could. The problem was that Thorsten didn’t make any effort when he spoke to Jasper to sound like he cared about the boy. And this, Margo knew, is what would further enrage Jasper.

“I can’t believe this,” Jasper snapped. He looked at Margo. “Wait here,” he said, then dashed off. His cyborg followed close behind him.

Margo and Thorsten stood there quietly for a few minutes. Thorsten’s attention returned to his sketch pad. “What are you drawing?” Margo asked. Thorsten showed her. In the picture was a guy Margo guessed was supposed to look like some kind of a superhero but looked weird because his face was asymetrical and his bulging muscles weren’t anatomically correct. The superhero wore a cape and was punching a thing that could have been a dragon or some kind of monstrous mutant mollusk. “Cool,” Margo said, unconvincingly. She’d forgotten how bad Thorsten was at art.

Margo soon asked Cyril, “Where is Jasper?” A map of their immediate surroundings appeared on the cyborg’s screen-face, and a blinking black dot indicated Jasper was a couple blocks away, inside a small sculpture gallery they’d passed on the way.

After several more minutes standing there with Thorsten and not saying anything, Margo noticed something moving on the ground outside the breach. She smacked Thorsten’s shoulder to get his attention. Then he saw it too. A baby tardigrade, the size of a loaf of bread, poked its pointy head through the opening. Thorsten knelt down and zapped it with his prod. The little tardigrade let out a squeak and withdrew.

“Poor little guy,” said Margo.

“Nothing in, nothing out,” said Thorsten. He gave Margo a blank look, then once again resumed to his doodling.

After almost an hour, Jasper returned with a posse of five grim-faced men. Their cyborgs followed after him. All carried shiny, oversized weapons, knives and swords and axes with ornamental serrations and spikes.

Margo recognized Smitty Van Gogh standing beside Jasper, Smitty was a well known maker of illicit weapons who curated the small gallery where Jasper had disappeared. Through Smitty’s stringy blond beard, his expression was unknowable. Margo supposed he must have been relishing of this chance to bring out the weapons he’d made and maybe even have the chance use them against a lobopod or something else out in the Fungus Wasteland.

Jasper’s hand clenched the hilt of the scimitar at his hip. “Has anyone arrived to search for the boy?”

Thorsten looked up from his sketch pad. “Not yet,” he said.

“Then step aside,” Jasper said. He glanced at Margo. Margo thought she saw him seeking her eyes for approval. He found only Margo’s frown. She glanced anxiously down at their weapons. She was a safety inspector. She didn’t like this.

“I can’t let you go out there,” said Thorsten, sounding more like someone confessing a personal shortcoming than a guard with any authority. He shuffled sideways to stand in front of the opening.

“Let us pass,” growled Smitty from behind Jasper, “or the boy’s blood is on your hands.”

“That’s not how it works,” pleaded Thorsten. “You don’t even know he’s out there.”

“We know nobody is looking,” said Jasper. “And you, a Pest Control officer, know better than anyone what kinds of things he’s likely to meet out there. You know for every minute we wait, the odds of that boy surviving plummet. And here I am, a doctor, ready to find him and give him whatever medical attention he needs. And here we are,” he said with a gesture to the others with the blade in his hand, “six good strong citizens willing to risk going out there to make sure the boy is safe. The risk is ours.” Jasper stepped forward. His face was uncomfortably close to Thorsten’s. “What do you risk?” He asked, punctuating “you” with a poke of his finger in Thorsten’s chest. “We’re not asking you to go out and look with us. All we’re asking is for you to step aside. Is that too much to ask? Let us save that boy before it’s too late.” Jasper shoved Thorsten, who lost balance and fell to the ground. The physical violence, mild as it was, shocked Margo.

The violence shocked Thorsten too. His face twisted like he would cry. Margo knew it wasn’t the first time he’d been pushed to the ground. Again, what Thorsten did next didn’t surprise her, but it did disappoint her. “Fine,” he said, standing up and stepping aside from the breach. He brushed the dirt off his pants. “Go on out there. All of you.” It was Thorsten’s job to stop them from going out of the dome, Margo thought. Couldn’t Thorsten do this simple job?

Margo stepped forward. “Don’t go out there,” she said to Jasper. “You know he’s guarding this breach for a reason. Do you have any idea how dangerous it is out there?”

Jasper touched Margo’s hair and the side of her face. He made a face that she guessed was supposed to look reassuring but came off as condescending. “Don’t worry, Marg. We’ll be alright,” he said. “We won’t go far.”

One by one, Jasper, his blade-wielding posse, and their cyborg helpers crouched down and crawled through the crack in the dome. Spores and filth from the fungus wasteland coated the dome’s exterior, making its supposedly transparent surface opaque. From the inside looking out, the search party was impossible to see.

Margo and Thorsten waited together for the search party to return. Thorsten stared at the ground. Margo used Cyril to try finding updated information about the missing boy. She found nothing new or helpful. They didn’t speak.

After what seemed like hours, Jasper returned. He was covered in blood and breathing hard, ragged breaths and speaking too rapidly to understand. He was alone.

He was about to duck back inside through the breach when Thorsten’s cyborg stepped forward. It held him back with surprising strength. Jasper’s screamed. He tried scrabbling around the cyborg on his hands and knees, to no avail. It would not let him back inside the dome.

Thorsten frowned at the screaming man.

“Damnit Thorsten let him back in!” demanded Margo. “Let him back in right now!” Thorsten’s expression didn’t change. Jasper’s speech had dissolved into terrified sobs. Only fragments of sentences about what happened to the others could be understood. Something about no trace of the child. Something about a tickle swarm.

Jasper fought Thorsten’s cyborg until he was exhausted. Thorsten said nothing and didn’t intervene. His cyborg’s job was to stop anything from outside of the dome from coming in, and he knew it didn’t need his help. Margo pleaded with Thorsten to let Jasper back inside. It was the first time he’d refused to do what she asked.

Eventually, three more Pest Control officers, all wearing protective suits and face masks, arrived at the scene with a quarantine bubble, a glass sphere on wheels that was filled with fungicide and chemicals to kill any tickle swarm mites Jasper might still unknowingly carry. They put him inside immediately after allowing him back through the breach.

According to Jasper’s official testimony, which came much later, it had started when one of the search party members had chuckled to himself after making an off-color joke. Tyler Kahlo was his name. Margo remembered his broad face and tiny nose. No one else had laughed. Minutes later, the joker started giggling, first quietly, then with more fervor and then, fully, hysterically. He wiped tears from his eyes.

He fell on the ground. He clutched his stomach. He wiped blood from his eyes. The others stepped back, but by the time they realized they’d stepped into a tickle swarm, it was too late. Thousands of the bloodthirsty mites, each no bigger than the period at the end of this sentence, were already clambering between toes, behind knees, under armpits and anywhere else they could crawl and elicit laughter, releasing the serotonin the parasites craved into the bloodstream of their victims.

The only explanation for Jasper’s escape was luck.

Once discovered, the desiccated bodies of the others were immersed in chlorine to destroy the microscopic eggs that would have been laid in their mouths, lungs, and intestines.

For defying Thorsten’s timid attempts to forbid the posse from leaving the dome, Jasper was found guilty of High Recklessness.

Thorsten was given a mild reprimand for allowing Jasper and Smitty and the others to leave.

Weeks after the failed search, the missing boy’s body was found in a ceramics gallery at the bottom of an unusually large vase.

*

“Please, Margo. Come out and talk,” said Thorsten again from the other side of Margo’s bedroom door.

Margo said nothing. She knew Thorsten wouldn’t wait all day.

He called through Margo’s door a few more times. Then Margo heard Ramona’s voice saying that maybe Margo was asleep, she’d been working awfully hard lately.

Margo felt grateful to her roommate, and sorry she hadn’t been less hostile when they’d fought over whether she should keep or replace her cyborg.

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