Corriente sanguínea

Corriente sanguínea – V

Así fue como la palabra “mañana” se convirtió en la expresión gloriosa de mis sueños. Esa noche, bajo las sábanas, los ángeles alzaron sus trompetas de terciopelo y entonaron la preciosa melodía del futuro incuestionable, la canción de nuestro mañana.

Corriente sanguínea – V

Y cuando desperté descubrí que el día había amanecido cargado de nubes en movimiento. A través de la ventana contemplé el viento empujando su blancura. El aire esparciendo sus partículas sobre el fondo azul como un venturoso presagio. Momentos más tarde, encerrada en el baño, la espuma de afeitar cubría mi pubis recordándome esas nubes. Textura esponjosa sobre terreno pantanoso, color blanco de plomo avinagrado sumergido en estiércol. Pureza virginal emergiendo entre excrementos. Así de cierto, como mi vida.

Deslicé la cuchilla dispuesta a descubrir los volúmenes de diosa pagana que ocultaba mi normalidad ¡Adiós bello impúdico! ¡Bienvenido vientre rasurado! Todos los preparativos me parecían pocos para recibir la lengua salvaje de Travis sobre mi cuerpo.

Ese hombre, conseguía que me sintiera tan loca y tan caníbal que sólo podía pensar en comerle entero. Deseaba conocer su olor, el tacto de su piel, el sabor de su semen, la fuerza de su embestida. Deseaba lamerle, besarle, chuparle. Deseaba alcanzar su interior por todos los caminos. Convertirme en receptáculo de sus secreciones. Atragantarme de él. Y la sola idea de que él pudiera sentir algo parecido, me producía tanto vértigo que me paralizaba.

Antes de ducharme inventé su cara avanzando entre mis muslos y llegué a sentir la punta de su lengua produciéndome espasmos, haciéndome perder la conciencia durante unos segundos. El primer orgasmo del día y aún no nos conocíamos.

Abrí el armario y escogí un vestido azul. Quería ser el cielo para que sus nubes me surcaran. Tal vez Mónica Lewinsky pensó algo parecido el día en que se dirigió a su cita con el presidente. El color azul se lleva bien con el sexo y con el aire, y esa tarde el viento lo agitaba todo ayudando a disimular mi nerviosismo.

Desde la taquilla examiné a todos los clientes intentando descubrir algún rastro de su esencia. Pero nada, ni una mirada penetrante, ni un contacto furtivo. Ni huella de su intensidad. Sólo la presión de la orina apretándome la vejiga. Esa tarde, si no me hacían explotar los nervios, lo harían las ganas de mear.

Atravesé los pasillos del cine sintiendo como mi sueño se desvanecía. Nada iba a ocurrir. Me convencí a mí misma de que no existía nadie tan loco ni tan suicida como yo, y entonces comencé a sentir las punzadas de la soledad. Cuando llegué al lavabo me derrumbé. Fueron varios minutos de lágrimas irreversibles. Mi propia estupidez ya no era divertida. El reflejo en el espejo me devolvía una imagen grotesca ¿Cómo podía ser tan tonta? ¿Cómo podía haber tomado en serio un estúpido juego calentorro? ¡Estúpida, estúpida, estúpida! ¡Taquillera tonta y calentorra! ¡Catherine Tramell de pacotilla! ¿Y ahora qué? ¿Dónde está la sangre fría? ¿Qué? ¿Te la has olvidado en casa junto al punzón del hielo? No aprenderás nunca…

Regresé del lavabo con la mirada clavada en el suelo. Me sentía abatida y espesa. No tenía ánimo de atender a nadie más. Sólo tenía ganas de cerrar la taquilla e irme a casa.

Con el rabo entre las piernas, intentaba esquivar la cola de las palomitas cuando rocé levemente el brazo de un tipo que sostenía un cubo tamaño jumbo que le tapaba la cara. No fue un golpe brusco, sólo un pequeño contacto, pero el cartón salió volando como si tuviera un muelle debajo y las palomitas cayeron como pájaros sobre nuestras cabezas. En medio de su aleteo aparecieron unos expresivos ojos azules que se escondieron asustados tras los cristales de unas gafas oscuras. El individuo me dio la espalda y salió corriendo. Era alto, corpulento y llevaba el pelo largo recogido en una coleta.

Fui tras él. Me daba igual lo que pudieran decir mis jefes. Acababa de obtener un pequeño perfil de Travis y necesitaba más, aunque eso significara perder mi puesto de trabajo.

En la calle el vendaval me agitaba el vestido azul. Con las manos intentaba bajar la falda al mismo tiempo que apartaba mechones de pelo que brincaban ante mis ojos y no me dejaban ver. Con tanto movimiento resultaba difícil concentrarse. Me acerqué a la calzada y no sin dificultad escudriñé la calle intentado encontrar a mi amante esquivo. La imagen de Travis comenzaba a definirse en mi mente y eso me hacía feliz ¡Cuantas veces le habría imaginado! ¡Infinitas! Y por fin tenía algo a lo que agarrarme, aunque fuera poco, a penas un fotograma.

La furgoneta que estaba estacionada al final del otro lado de la calle se puso en marcha y avanzó hasta el semáforo. Entonces volví a verle, refugiado en un portal a bastantes metros de mí. Todavía conservaba el aspecto de ciervo asustadizo, pero ahí estaba, aguantando la mirada.

Levanté la mano y saludé con la palma abierta. Me devolvió el gesto y sonrió. Ya no había vuelta atrás. Comenzó a acercarse caminando lentamente. Mientras tanto, yo permanecía paralizada por la emoción.

Estaba tan concentrada en memorizar su imagen por lo que pudiera pasar – una nueva huída, por ejemplo – que no supe descifrar la mueca de desconcierto en su rostro.

Entonces, sentí un pinchazo en el brazo. Reconocí la aguja penetrante de una inyección. Alguien que no pude ver me sostuvo por los hombros cuando las piernas comenzaron a flaquear. Un coche grande, un Todoterreno, se detuvo a mi lado y conseguí vislumbrar la silueta de una mujer que abría la puerta, antes de desvanecerme.

Después sólo hubo oscuridad. Profunda, espesa, escamosa. No sé cuánto duró ni qué pudo ocurrir durante ese tiempo. Solo sé que al despertar me encontraba tumbada en un lecho duro que olía a moho. Me habían esposado las manos a los barrotes de la cama y tenía las muñecas en carne viva. También me habían atado los pies con cuerdas. Forcejeé, pero solo conseguí hacerme más daño. Entonces sentí un escozor intenso entre las piernas y me juré a mí misma que fuera lo que fuera que me hubieran hecho, lo iban a pagar con creces.

FIN

Escrito por: La Taquillera
© Ilustración: Bouman