Mis padres no murieron en un accidente de avión, tampoco fui criado por unos monjes donde Cristo perdió la alpargata y por desgracia no soy heredero de una fortuna empresarial. Pero esos detalles no impidieron que me enfrentara con una organización criminal asiática…

Siempre que me preguntaban ¿qué añoraba de mis años en la FM?, respondía que los pasillos. Sí, la inercia de cruzarse con compañeros por los pasillos de la radio tenía su encanto. La máquina de café era un lugar perfecto para charlas distendidas y cotilleos variados. Al hacer radio digital, alejado de las grandes corporaciones, esos elementos desaparecen de la ecuación.

Por desgracia el destino quiso concederme mi deseo y premiarme con la oportunidad de compartir pasillos de radio, una última vez. Paseaba yo con mi perro una noche de otoño por Barcelona, cuando observé en un local comercial cómo unos chicos hacían radio. Pensé que sería una radio escolar o alguna clase de canal de YouTube. Tras pasar varias veces por delante, los busqué en Internet y descubrí que se trataba de una supuesta emisora digital vinculada con un diario deportivo. Como en aquella época algunas emisoras independientes lanzaban la señal de mi programa, pensé en mandarles un correo y ofrecerles el contenido. Para mi sorpresa, la respuesta fue una supuesta llamada de Skype desde China. En ella un encantador de serpientes de voz engolada me hablaba maravillas de mi programa y me proponía conocernos en persona pasadas las Navidades.

Finalmente llego la fecha acordada y aquella cita, que en mi mente solo era un mero café para charlar, resultó ser una oferta laboral donde me proponían ser el director de su emisora de radio. ¡Pero gratis!

Sí, como lo estas leyendo. Me ofrecían ser director de una emisora sin cobrar un duro y además querían que yo cerrara mi plataforma de radio por Internet, que tantas alegrías me estaba reportado. Lo hablé con mi familia y decidimos darles una oportunidad. Acepté trabajar gratis, siempre y cuando pudiera llenar la emisora con gente de mi confianza. Además de no bajar la persiana de mi emporio particular. La idea (final) era lograr grandes ingresos por publicidad que compensaran la falta de sueldo.

Rápidamente llegaron los disgustos. No se podían encender las luces, no se podía usar el aire acondicionado, no se podían abrir ciertas puertas y, sobre todo, servidor no podía tener llaves del local. Cada día dimitía alguien, comenzando por los técnicos y terminando por los becarios. Incluso la señora de la limpieza, apareció un día y no regreso…

Una buena tarde escuché charlas sobre un “supuesto” socio secreto que era quien pagaba las facturas y, varias veces por semanas, recibíamos la visita de un señor asiático de traje plateado que entraba como Pedro por su casa. ¡No era difícil darse cuenta que algo raro se estaba cociendo! Para colmo las audiencias eras extremadamente bajas y el comercial contratado resultó ser un patán incapaz de vender estufas en Alaska.

Las cosas empeoraban cada día. No entraba dinero en publicidad pero nadie dejaba de pagar aquel local tan grande y lujoso. Yo me puse tan enfermo (estrés) que por primera vez en mi carrera estuve quince días sin pisar el trabajo. Incluso perdí diez kilos de peso…

Casualidades de la vida, una tarde me tomaba un café con un tipo que diseña aplicaciones para móvil y que desconocía que yo era director de ninguna radio. Durante la merienda me sacó el tema de una “famosa” emisora con sede en Barcelona que en realidad era una tapadera de la mafia china para lavar dinero. Con los datos que me daba resultó evidente que estaba hablando de la emisora que servidor estaba dirigiendo. Mi cara de miedo debió ser tan llamativa que el desarrollador de aplicaciones me ofreció sus servicios jurídicos.

Como si de una película de terror se tratara al salir de la cafetería tenía varias llamadas perdidas de la radio. Rápidamente me puse en contacto con todos mis colaboradores y les comuniqué que no fueran al trabajo esa noche. Intenté entrar a la red informática del trabajo, pero alguien acababa de cambiar las contraseñas. Suerte que la noche anterior, fui lo suficientemente rápido para eliminar gran parte de mis programas de sus servidores.

¡Miedo!

El supuesto dueño de la radio me localizó minutos después para charlar conmigo. El terror se apoderó de mi cuerpo. Me presenté en la cita con mi perro como acompañante. Me citaron en un bar alejado de la radio donde aparecieron con una caja llena de mis pertenencias y un papel donde servidor renunciaba de su cargo. ¡Era como si hubiesen escuchado toda la merienda con el desarrollador de aplicaciones!

Para que comprendáis la magnitud de la tragedia, la reunión fue de cinco contra uno. Se presentaron casi media docena de personas para asegurarse que abandonaba la emisora por las buenas. ¡Que maldita casualidad! justo el día que descubría el pastel de la mafia china, ellos querían comunicarme que no estaban satisfechos con mis servicios y decidían apartarme del cargo…

No podía dejar de mirar a las esquinas, en todos los lados veía a un chino que me vigilaba.

Leí la renuncia, la firmé y minutos después logré que todos los programas abandonaran la emisora esa misma semana. Ellos me despidieron, pero de regalo se quedaron sin lavadero de dinero. Mi venganza llegó en forma de programas de radio, fueron muchos en donde expliqué la versión extendida de esto que acabas de leer, con nombres y detalles. Destapé hasta la última alcantarilla de aquella estafa piramidal y asiática que casi acaba conmigo.

Semanas después de mi renuncia abandonaban el local y pocos meses después desaparecían del mapa para siempre. Te recomiendo escuchar aquellos programas para comprender la brutalidad de lo sucedido…