VII

La madre de todas las corrupciones vivía en las profundidades de la mina que habíamos descubierto en las afueras de Los Pardos, y como buen agujero en el que, probablemente, yaciera un cadáver reciente, de ella emanaba una pestilencia acorde a cualquier expectativa generada por el miedo. Y yo, personalmente, podía vivir sin ese descubrimiento.

“Oh, cielos… oh, no…”, dijo Rafi en el momento en que su linterna desveló el misterio. Se apartó del foso con las manos en la cabeza enmascarada.

“¿Es Tom?”, pregunté a Mike. Como esperaba, no respondió, y esa curiosidad de la que luego te arrepientes hizo que me asomara. La linterna alumbró un cadáver quebrado por distintos puntos, un ciudadano como cualquier otro rodeado de escombros y diferentes señales de abandono. Una de ellas interesaba a Mike, que alargó el brazo con cautela. Sacó la mano cubierta de un polvo marrón, y tras husmearlo, lo acercó de inmediato a Rafi, que hizo lo propio y hasta se atrevió a catarlo.

“Podría ser metanfetamina”, dijo.

“¿Drogas? ¿Tom estaba metido en drogas?”, pregunté. “No entiendo nada. ¿Pero ha sido Yuri? Joder, este tema se nos ha ido de las manos. Los asuntos de los caídos son competencia nuestra, los asuntos de los mortales de sus juzgados. Atentos a lo que os digo: no quiero saber nada de esta mierda. Me largo.”

Abandoné el pozo, desandando el camino, y volví a ensuciarme entre los angostos pliegues de roca. Estaba a punto de salir al desierto estrellado cuando una figura se recortó en el umbral de la caverna. Los reflejos lunares rebotaron en el arma que sostenía: un revolver. Alcé las manos en un gesto automático.

“No te muevas, ¿quién anda ahí? Joder, eres uno de los muchachos de ciudad, los de la empresa de limpieza. ¿Qué cojones haces en este sitio?”

“Como le dijimos a su jefe…”, le hablaba al ayudante del sheriff Hollie. “Buscamos a un amigo y alguien en su pueblo nos dijo…”

“¡Me importa un carajo! ¿Están tus colegas dentro?”

“Mis hermanos.”

El ayudante del sheriff le tembló la mano, más por la duda que por los nervios. Aunque no advirtiera sus rasgos con claridad, su tensión llegaba a mí como las primeras olas de una tormenta. En cualquier momento podía cometer el error que me costara una herida de bala. Le vi empujar una mochila de deporte con el pie.
“No hagas movimiento extraños. Llévame hasta tus hermanos. Los paseos se han terminado, gamberros”.

“Oiga, sin faltar…”

“¡No rechistes! Por si no te has dado cuenta, estás detenido. Tus hermanos también, así que hazme el favor de cargar con esta maldita bolsa y cuando os tenga a los tres bien esposados os llevaré a comisaría y el sheriff Hollie os interrogará y al final sabremos qué estáis haciendo aquí y si tenéis alguna relación con esos motoristas raros que desde hace unos días nos están tocando las narices a todas horas”.

Tomé la mochila con desgana, sin dejar de mirarle, pero tuve que hacerlo respondiendo a las reglas universales del “tú camina delante que yo te sigo mientras te apunto con una pistola”. Y una vez más volví a las profundidades de la tierra, peleándome con la linterna y un macuto que no me pertenecía y que pesaba como el mismísimo demonio.

“No quiero ser yo quién le diga cómo hacer su trabajo, pero está cometiendo un error. Es más, mientras usted pierde el tiempo encañonándome y buscando culpables, esos motoristas que tantos dolores de cabeza le están dando campan a sus anchas, saltándose señales de tráfico y molestando a los lugareños con sus axilas apestosas.”

No obtuve réplica, y mientras tanto recordé que al final del camino nos esperaba un muerto y residuos de drogas. Empecé a sudar, imaginando en qué derivaría nuestra detención y cómo se la tomaría una criatura tan inestable como Mike. Veía a mi hermano resistiéndose a la autoridad, soltando algún que otro puñetazo antes de acabar en un calabozo durante meses.

“¿Gabe? ¿No te ibas fuera?”, preguntó Rafi. Volvía con Mike de explorar más metros de mina.

“Queridos hermanos”, dije. “Os voy a pedir que colaboréis amablemente con el hombre que me acompaña, representante de la ley por oficio y buena persona en el fondo. Otra cosa implicaría oponerse a la autoridad y ganarse una detención que, honestamente, implicará una fianza que no me apetece pagar.”

“¿De quién hablas?”, dijo Rafi. “¿Y esa bolsa de deporte?”

Parpadeé repetidamente y dudé a la hora de volverme y sentirme aún más estúpido. Pero lo hice, vaya si lo hice, y confirmé que detrás de mí solo había oscuridad. Ni policías ni pistolas. Cero amenazas.

“Joder, ¿dónde está ese tío? Hablo del ayudante del sheriff. Me apuntó con una pistola, nos quería detener a todos y me dijo coge esta bolsa y vamos dentro que…”
Mike se abalanzó sobre mí sin consideración, quitándome la mochila. Tras evaluar su peso y palpar el contenido, la abrió y mostró los casi Veinte quilos de dinamita unidos a un detonador que reposaban dentro. Veinte quilos listos para explotar y que iban a convertir la cueva, más que en una tumba, en un mausoleo familiar.

Solo pude decir: genial.