Hogar, agridulce hogar

Hogar, agridulce hogar

escrito por Jacint Casademont
(Café (y) solo, 9/Oct/12)


Hace cosa de una semana que mi novia se fue a hacer El Camino de Santiago. Ha ido a encontrarse con si misma durante un mes (ojo que yo tardé casi medio año a encontrar a Wally en su último libro, así que respeten) dejando a un servidor aguantándose a sí mismo. Para soportarlo mejor he decidido cambiar de aires y he ido a casa de mis padres. He vuelto a los inicios, a explorar las raíces, para averiguar porque soy como soy,…no; en realidad lo he hecho para ahorrarme hacerme la comida.

Volver al hogar, tiempo después de independizarte hace años, agudiza tu visión. Lo que antes te parecía lo más lógico del mundo, ahora son un cúmulo de sin sentidos que intentas descifrar. O al menos eso me pasa con mi familia.

Para ayudarles a visualizar paso a hacer una breve descripción de los miembros de que la forman:

Mi dad: Hombre maduro, que peina canas y luce una incipiente panza que él se niega a asumir. Su alimentación se sustenta en cuatro pilares: las pipas, el pollo, el chocolate y la ensalada. Inventor frustrado amante del “pues por ese precio me lo hago yo mismo”.

Mi mum: Mujer amante de la alegría y los colores vivos, combinados de manera daltónica. Amante del mundo de las brujas, los misterios policiales y de no pisar la cocina. A pesar de tener mil anécdotas a contar, sus relatos se pierden en mil detalles, que una vez acabadas se abre el turno de preguntas para descifrar cosas como el: quién, cuándo, dónde, etc…

Mi sister: Joven mujer sin camino definido. Ave nocturna, amante de la música, no tener el culo quieto y meterse en todos lo líos posibles. Es una experta relaciones públicas con aspecto de punky destroyer.

La gata: Ser esquelético que siempre parece que va a fallecer, desde hace cinco años. En realidad sospechamos que es la ama de la casa. Otra teoría dice que es un ser extraterrestre que se escapó de su planeta y piensa conquistar la Tierra, algún día.

Descritos los personajes, abordemos un día cualquiera en este marco incomparable, nuestra casa.

La hora de levantarse son las ocho, ni un minuto antes, ni un minuto después. Si tiras de la cadena del baño a las 7:58 oyes los gruñidos salidos de la habitación de mis padres. Si no estás en la mesa de la cocina en punto no se te prepara el café ni sobra un cruasán para tí.

Luego mi madre se va a pasear el perro de mi abuela mientras mi padre sale al balcón a observar la rutina de los vecinos: si alguien llega tarde al trabajo, SI una pareja se ha discutido durante la noche o SI alguien se muda serás informado al detalle por mi progenitor. Y no lo llames cotilla, él se considera observador.

Con la vuelta de mamá empieza el interrogatorio. Hasta cinco veces puede preguntarte que querrás comer, eso sí, no esperes que se acuerde, te servirá lo que venga en gana, y si le protestas te chinchas y no comes. Una de las cosas que más me llama la atención son los postres. Esta señora que me parió y cuidó hasta la mayoría de edad aún no sabe que no me gustan los lácteos, ni la fruta. Siempre que acabo de apurar el plato se repite la proposición: “Si quieres tienes naranjas o yogur de postre”. Y cuando le digo que no entiendo como puede no saber mis gustos su respuesta es contundente: “Yo qué sé”.

ilustración de Café (y) Solo

Mediodía. Mi madre se marcha a trabajar y nos deja a mi padre y a mí mirando la tele. Nada en concreto, aunque mi progenitor conserva la esperanza de que hagan una peli de miedo, concretamente una slasher que él las llama “una de matanzas”. Solo le gustan dos géneros: “las de matanzas” y “las del Oeste”. Mientras el hace zapping oímos un ruido fantasmagórico, un lamento de ultratumba que avanza por el pasillo. Efectivamente: mi hermana pequeña de resaca. Vestida con sostén y unos shorts se deja caer en la silla, pitillo colgando del labio, y mirada de Clint Eastwood. Le hacemos las preguntas de cortesía habituales ( ¿dónde fuiste anoche?¿qué tal fue? ¿tuviste otro accidente de coche?) mientras ella responde con sus frase habituales ( “yo quiero una moto y no me la quieren dar”, «chamaquito, trabajo que te quito”, “…y una cervecita…y dos cervecitas” ) todas sacadas de canciones de los grupos de música en los que tocan sus amigos.

A la tarde me retiro a mi habitación. Poco puedo hacer, ya que en el mismo instante que decidí abandonar el hogar para emprender mi camino, mi padre decidió llenarla con todos sus trastos. Ahora solo tengo un caminito libre que va de la puerta a la cama, y de la cama a la mesa del ordenador, dónde ha hecho un hueco amablemente para que ponga mi portátil. Paso las siguientes horas navegando por Internet, mirando series, leyendo o durmiendo.

Hacia las nueve vuelvo al comedor. Mi padre se hace unos sudokus mientras mi hermana, aún con la misma cara y voz de carajillo, no para de recibir llamadas para planear la noche. Una hora después llega mi madre y nos ponemos a cenar, eso sí, después de discutir again quién se sienta dónde. A las once mi hermana se las pira, mis padres se van a la cama y yo me encierro de nuevo en mi habitación a escuchar la radio mientras cuento los minutos que me quedan para que sean de nuevo las ocho para poder mear sin recibir un reproche.

Y ya ven, así pasarán los días y semanas, en un loop que caducará en un mes. Pocas reflexiones puedo sacar. Solo decir que…hogar, tróspido hogar.

© Ilustración: Sergio Bareas

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