Repartiendo galletas

Repartiendo galletas

escrito por Jacint Casademont
(Café (y) solo, 10/Ago/12)


Es de sobras conocido que por amor se hacen disparates. En realidad, y siendo justos, en una relación únicamente se pueden hacer disparates.

Recuerdo hace años, cuando por querer dar una sorpresa romántica a la que por entonces era mi novia llené el piso con velas, desde la puerta de entrada hasta mi habitación, donde yo le esperaba vestido únicamente con pétalos de rosa y armado con un pote de mermelada. La idea estaba chula, pero no conté con “el factor gato”, acabando el felino emulando a la Antorcha Humana arrasando con todo a su paso. Acabó todo como una barbacoa, y de romántico poco, pero sí ardiente. No aprendí.

Hace cosa de unos días mi pareja me contó que le haría mucha ilusión (cuando eso lo dice una mujer se esconde detrás una desgracia seguro) que fuera a verla en uno de sus clases de Taekwondo. Como machito que soy, no solo acepté sino que además me ofrecí a participar en ella. Maldita sea mi bravura.

Aunque siempre he simpatizado con la violencia, siempre que no sea yo o los míos quien la reciba, lo cierto es que mi cuerpo tiene tanto de arma mortal como una pompa de jabón light. No estoy en forma, en todo caso mi forma está constituida por huesos, piel y pelo. Según cuentan mis padres no tenían presupuesto para incluirme masa muscular.

En cambio, pobre de mí, tengo palabra. Allí me presenté el viernes, al anochecer, saludé y me metí en los vestuarios. El primer disgusto no tardó en llegar. Una fiesta de salchichas colganderas delante mío. Todos los alumnos orgullos de haber ejercitado su fuerza poco antes me brindaban la visión de sus partes pudientes a mí, ser raquítico y foráneo a su hermandad. Murmuré un susurroso “hola” y me cambié a toda prisa. Lo único que recuerdo de la instancia es la visión de su suelo y una fuerte tortícolis.

Vestido con un traje de esos blancos y el cinturón, atado por mi novia, sesgándome el estomago por la mitad, empecé a obedecer las órdenes del maestro. Aquí me detengo para describir tal ser: fibrado, de mirada pura y voz hipnotizante a la cual no puedes más que obedecer. Así fue como empecé a correr, ahora de lado, después cruzando las piernas, para luego hacerlo para atrás,… No estoy seguro si hice lo que pedía, pero estoy seguro que realicé una obra magna de la danza contemporánea que debería pasar a los anales de la historia.

Hecho el trote, hora de estirar. Tumbados en el suelo empezó a darnos ordenes, contorsionándonos a su ritmo. Mi mente calenturienta no pudo más que hacer un paralelismo entre el sensei y un gurú del sexo explicando las mejores posturas del amaestrar. Además, al quitarme las gafas, pudiendo imitar solo las sombras que me rodeaban, acabé dándome cuenta al final de cada ejercicio que parecía vivir dentro de un espejo, realizando cada ejercicio a pie cambiado. Quizás creé escuela y no lo sé.

Lo mejor llegó después: la hora de las tortas. Me emparejaron con mi pareja, cosa hecha ya hace año y medio, y nos ordenaron intercambiar patadas. Aquí el maestro quedó asombrado con mi estilo y fuerza, entendió a la perfección mi veneración por la filmografía de Jackie Chan, ejecutando a la vez tres grandes estilos como son: el mono borracho, la serpiente bizca y el hipopótamo mareado.

Después de comprobar mi excelente nivel en el arte de la lucha cuerpo a cuerpo, decidió sentarme para que el resto de alumnos no recibieran mis certeros golpes. Constatado quedó ello al ofrecerme yo a participar y negarse él enérgicamente con la cabeza mientras abría los ojos como platos.

Acabada la clase, mientras esperaba pacientemente delante del vestuario para poder así tener la ducha para mí solo, esbocé una gran sonrisa, la de aquél que sabe que ha dado la talla aunque las esperanzas puestas en él fueran inexistentes. Ya saliendo del dojo, tomé la mano a mi novia, y paseando hacia su casa no pude más que alardear de mis habilidades:

-He visto que pronto haréis un campeonato, podría apuntarme ¿no?

-Mejor no. Ya tengo bastantes llevándote a caballito hasta casa como para tener que montarte a cachitos.

Seguro de que en realidad no quería dañar el ego de sus compañeros después de que yo los ganara sin el menor esfuerzo. Entonces emprendió el trote y nos perdimos en la inmensidad de la noche, sin miedo: tenía a su protector montado en su espalda.

© Ilustración: Sergio Bareas

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